En mi corazón atesoro a Guatemala su calidez, los colores de la bandera, las tradiciones y el sonido de la marimba. Antes no lo veía, pero ahora veo la riqueza de los textiles mayas, la complejidad de nuestra historia, la majestuosidad de los paisajes o la misma resiliencia de nosotros los chapines ante las circunstancias de la vida.
He dejado la fascinación por tierras ajenas, para descubrir el valor de mi propia Guatemala, el país de la eterna primavera: la belleza en el cielo azul y el verde de los volcanes, el olor a tierra mojada o al café de la mañana, la cadencia y el tono con el que hablamos los guatemaltecos.
Al meditar en la riqueza de nuestra cultura, veo la obra de Tus manos, la manera en que amas a Guatemala y la cubres con las plumas de Tus alas. He aprendido a asombrarme con lo simple, un tejido a mano, el ave nacional, el dorado de las monedas o el sabor del pepián. No somos un ser aislado, sino el resultado de generaciones de personas que caminaron por esta misma tierra, que lucharon un día encendidos en patrio ardimiento, y lograron sin choque sangriento colocarnos en un trono de amor.
Mi cultura es mi lugar de pertenencia. Guatemala es el hogar que Tú me has dado y aquí encuentro la belleza de mi existencia. Así obras Tú en el silencio y en lo íntimo, donde nadie ve. Tú hablas y yo escucho, porque me has concedido escuchar.

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