Antes que Tu verdad me fuera revelada, no lo creía posible por la confusión que había en mi corazón. De oídas me has hablado, aun sin decir una sola palabra. Me has pedido que me ocupe de mi salvación con temor y temblor, porque Tú eres quien produce en nosotros el querer como el hacer, por Tu buena voluntad.
El Espíritu Santo que vive en nosotros obra juntamente con nosotros en nuestra santificación, lo que significa que ahora tenemos la capacidad para crucificar la carne con sus pasiones y deseos. Porque Cristo ya venció al pecado por nosotros, en Él nosotros también podemos vencerlo.
En la dureza de mi corazón me abandoné en el pecado, diciendo en mi interior: "luego me arrepiento". Reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra Ti, contra Ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de Tus ojos; para que seas reconocido justo en Tu palabra, y tenido por puro en Tu juicio.
Pero en la cruz, Tu amor resplandece como antorcha en la oscuridad, y alumbra mi camino hacia la santidad. Ahora entiendo que Tú no me santificas sin mí, y yo no me santifico sin Ti. Por eso decido depender del Espíritu Santo y hacer lo que me corresponde a mí, crucificando mi carne todos los días, aunque no sea fácil.

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