Ciertamente, debajo del sol se cometen muchas injusticias

La vida debajo del sol es compleja. Las alegrías son efímeras, pero las tristezas suelen arraigarse en nuestro interior como raíces profundas. Me he dado cuenta de que las personas que tienen amargura en su corazón, dedican gran parte de su vida recordando todo lo malo que les ha tocado vivir. Algunas incluso quieren hacer pagar a los demás por el dolor que sienten.
 
No parece haber sabiduría en esta observación, pues es evidente para cualquier persona con sentido común.

Pero ¿qué sentido tiene causar dolor en otros, para desquitarnos del daño que otros nos hicieron? 

Tal vez has sido rechazado en todos los lugares a los que has ido; y para colmo de males, cuando intentas defenderte, terminas siendo el villano de la historia. Vivir esta realidad duele; es una carga impuesta e injusta, y por más que busques una explicación, simplemente no la hay.

Lo más razonable es pasar por alto las ofensas y seguir con nuestra vida, pero la vida cotidiana no es tan simple como parece. Siendo realistas, en esos momentos brotan todo tipo de emociones, y el enojo y la tristeza son los más predecibles. 

Lo que no siempre es predecible es cómo reaccionará cada persona ante la misma circunstancia. Alguien puede llorar abiertamente en una discusión, mientras que otro puede enojarse en lugar de quebrarse en llanto. Uno no es mejor que el otro, pero recordemos que el enojo reposa en el seno de los necios. Así de complejos somos los humanos y así de impredecibles son nuestras reacciones.

También me he dado cuenta de que hay circunstancias que se repiten a lo largo de la vida. Personas del pasado que vuelven al presente sin que las busquemos. Recuerdos que quisiéramos dejar en el olvido, y por alguna extraña razón, la vida nos vuelve a poner en los mismos escenarios. ¡Yo digo que tampoco esto tiene sentido! Pero cuando no soltamos el pasado, su peso en el presente se hace más insoportable que cuando lo vivimos. 

Al observar este panorama que está lejos de alcanzar sabiduría y es predecible por cualquiera, puedo sostener que el resentimiento no es solamente un sentimiento persistente, sino complejo. ¿Por qué hay personas que pasan la vida entera aferradas al pasado, en lugar de disfrutar de las bendiciones que tienen hoy delante de sus ojos?

Es comprensible que estos sentimientos actúen en la mente como un mecanismo de defensa desadaptativo, y que volvamos a ellos una y otra vez por la ilusión de encontrar respuestas, o de querer controlar conversaciones, personas o circunstancias donde perdimos el control, frente a una injusticia pasada. Pero ¿por qué desperdiciar esta vida que Dios nos dio, siendo tan corta y con tantas abundancias, que no siempre son económicas, sino espirituales, afectivas y cotidianas?

A diario, Dios derrama Sus bendiciones sobre nosotros, aun sin merecerlo. La vida, la salud, el trabajo y la familia son riquezas que muchas veces no valoramos; y no lo hacemos porque ocupamos nuestro corazón en la miseria, recordando aquello que solo nos causa frustración, en vez de agradecer por el tesoro que poseemos y que algún día nos será quitado, no por injusticia, sino porque esto también es parte de la vida. Nada es duradero debajo del sol.

Me siento abrumada ante mi propia existencia. No tiene sentido escribir un discurso sobre el resentimiento, abogar a favor del perdón e instar a las personas a la gratitud por las bendiciones que recibimos de Dios, cuando yo misma batallo contra tales sentimientos. Es una contradicción querer instruir a otros, mientras yo necesito ser instruida por otros; y no solo instruida, sino también reprendida por la insensatez de mi corazón.

Y si, siendo arrastrada por mi propia debilidad, me levanto cada día, rindiendo mi vida en el trono de la gracia y crucificando mi debilidad con Cristo, ¿no es esto agradable a los ojos de Dios? Ciertamente, lo es. Porque quien encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia. 

Mejor es perdonar la ofensa que otros cometieron contra nosotros, porque solo con el perdón se sanará el corazón. ¿Y cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? No hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. No hay límites para esta ley. No juzguemos y no se nos juzgará. No condenemos y no se nos condenará. Perdonemos y se nos perdonará. Mejor es ser bondadosos y compasivos unos con otros y perdonarnos mutuamente, así como Dios nos perdonó a nosotros en Cristo. El Señor es bueno y perdonador; Su gran amor se derrama sobre todos los que lo invocan. 

Todo esto he visto, y no tiene sentido permanecer atados al pasado, traer al hoy los males del ayer, ni causar dolor a otros por el dolor que padecemos. Ciertamente, debajo del sol se cometen muchas injusticias: al bueno se le toma por malo cuando comete un solo error, y todos se sienten con derecho a juzgarlo. Y al malo se le tiene por bueno por su habilidad para engañar, y llega a ser respetado por los que caen en su trampa. Pero aunque el malo haga el mal cien veces y sea alabado en su injusticia, delante del Señor su maldad no se oculta, y Él le dará el pago por su culpa. Y también sé que les irá bien a los que temen a Dios, a los que tiemblan ante Su presencia y hacen el bien a sus semejantes.

El fin de todo el discurso oído es este:

Nuestro Señor Dios es misericordioso y compasivo, nos perdona nuestras iniquidades y nunca más se acuerda de nuestros pecados. Por eso, ¿cómo no hemos de perdonar nosotros? Si Él, en Su gran amor con que nos amó, envió a su Hijo a morir en la cruz por el perdón de nuestros pecados, ¿quiénes somos nosotros para acercarnos a Él, buscando Su perdón, sin mostrar esa misma misericordia hacia quienes nos ofenden?

Amemos como el Señor nos amó, perdonemos como hemos sido perdonados, y vivamos con gratitud cada bendición que aún tenemos delante de nuestros ojos. Porque debajo del sol todo es efímero, ni siquiera los sentimientos más oscuros permanecen cuando estamos arraigados en Él, mas la misericordia que mostremos hoy permanecerá para siempre delante de Dios.

Recordemos que Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.