Destruye al pecado o te destruirá a ti

Hace algunos días escuchaba una predicación del pastor Miguel Núñez, en la que expresó: «Destruye al pecado o te destruirá a ti». Esto me hizo pensar en lo importante que es ocuparnos, a lo largo de nuestras vidas, de mortificar el poder del pecado que aún permanece en nosotros. La Escritura dice en Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (RVR1960). Los cristianos tenemos la responsabilidad de mortificar las obras de la carne por medio del Espíritu que mora en nosotros. Vivir conforme a la carne significa que estamos bajo el dominio de nuestras inclinaciones pecaminosas.

En unos versículos antes, el apóstol Pablo dice que los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (vv. 7-8). Tendemos a pensar que "los que viven según la carne" son únicamente aquellos que no se han convertido al Señor, y no han venido a Él en arrepentimiento para ser lavados por la sangre del Cordero. Sin embargo, este pasaje puede referirse a quienes, aun habiendo conocido a Dios, no se dejan gobernar por Él. Son aquellos que se entregan con facilidad a los deseos de la carne y los pensamientos de la carne, haciéndose esclavos de ellos (Jn. 8:34). Recordemos que no todo el que profesa ser de Cristo lo es realmente (Mt. 7:21), sino el que hace la voluntad de Dios.

Matthew Henry lo expresa de esta manera:

«La mente carnal no es sólo enemiga de Dios, sino la enemistad misma. El hombre carnal puede, por el poder de la gracia divina, ser sometido a la ley de Dios, pero la mente carnal, nunca; esta debe ser quebrantada y expulsada»¹.

Si la mente carnal es la oposición misma contra Dios, ¿cómo podemos tener nuestra victoria sobre la carne si no es por el Espíritu que mora en nosotros?

Alguien que profesa ser cristiano, pero cuya vida no refleja que ande en luz, no puede agradar a Dios, porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu (Ro. 8:5). Tener al Espíritu implica mortificar los deseos pecaminosos y someterse a la voluntad del Señor. El apóstol Pablo dice en Gálatas 5:24: «Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos». Al decir que "hemos" crucificado la carne no se refiere a que la carne ya esté muerta, sino que está muriendo en nuestra constante lucha contra el pecado.

Como lo explica Martín Lutero:

«El pueblo de Cristo clava su carne en la cruz, de modo que aunque la carne está aún viva, no puede realizar lo que quisiera hacer por cuanto está atada de pies y manos y clavada en la cruz»².

De manera que la advertencia del apóstol en Romanos 8:13, no está dirigida a los creyentes genuinos «en el sentido de que puedan perder su salvación y ser condenados a muerte si recaen en alguna de las costumbres de la carne. Él ya ha dado la certeza absoluta de que "ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús" (8:1). Más bien, él está diciendo que una persona cuya vida está caracterizada por las cosas de la carne no es un verdadero cristiano y está muerto espiritualmente, sin importar cuáles puedan ser sus afiliaciones o actividades religiosas. Si esa persona no acude a Cristo con fe verdadera, debe morir en la muerte segunda del juicio final de Dios»³.

Es una realidad que el pecado solo conduce a la destrucción, pero gracias a la obra salvadora de Cristo, el pecado ya no tiene el control sobre nuestras vidas para destruirnos. Si el Espíritu de Cristo vive en nosotros, no tenemos razón alguna para seguir pecando, porque por ese mismo Espíritu, hacemos morir el pecado: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Ro. 8:2). 

Como sostiene MacArthur:

«La obligación y la deuda del cristiano ya no es con la carne sino con el Espíritu. Nosotros contamos con los recursos del Espíritu de Cristo en nuestro interior para resistir y hacer morir las obras de la carne que vienen como resultado de vivir conforme a la carne»⁴.

A nosotros nos corresponde hacer morir lo terrenal en nuestros miembros (Col. 3:5), porque hemos resucitado con Cristo (Col. 3:1), hemos muerto al pecado con Él (Col. 3:3) y seremos manifestados con Él en gloria (Col. 3:4). ¿Y de qué manera nosotros participamos en nuestra santificación para hacer morir las obras de la carne en nosotros?

Hacer morir las obras de la carne es una característica de los hijos de Dios. Jesús dijo: «Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno» (Mt. 5:29-30). Todo lo que nos aparta de Dios, debe ser quitado de nuestras vidas. Aún las obras más piadosas pueden convertirse en pecado si ocupan el lugar que solo le corresponde a Dios.

He visto en mi propia vida que los pecados más grandes —y dolorosos también— que he cometido son el resultado de mi consentimiento hacia ellos. Y en mi lucha contra el pecado, he aprendido que ninguna acción es demasiado drástica para apartarnos del pecado.

Es necesario recordar que aún no hemos alcanzado una justicia perfecta en Cristo, aunque ese sea el objetivo supremo en nuestra vida. El mismo Pablo confesó que ni siquiera él era espiritualmente impecable: "No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús" (Fil. 3:12-14).⁵

Considero importante destacar que la victoria sobre el pecado no es el resultado del esfuerzo humano, sino de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Pero ¿a través de qué medios actúa el Espíritu en nuestra santificación? Los medios ordinarios de gracia que Dios instituyó para nuestro crecimiento espiritual son: la Palabra, la oración, los sacramentos del bautismo y la Cena del Señor, la comunión eclesial y el cuidado de las almas.

Ahora tenemos la capacidad para crucificar la carne con sus pasiones y deseos. Porque Cristo ya venció al pecado por nosotros, en Él nosotros también podemos vencerlo.

Amado hermano, ¿estás mortificando tus pecados? Tu vida depende de esto. Recuerda que no estamos exentos de pecado, por lo que nuestra lucha es diaria.

La evidencia de que somos hijos de Dios es que estamos en guerra contra los deseos pecaminosos. Dios mostró su aborrecimiento hacia el pecado en los sufrimientos de su Hijo en la carne, para que fuéramos perdonados y justificados; nosotros debemos aborrecer el pecado y destruirlo antes de que nos destruya a nosotros, porque amamos a Dios y deseamos guardar sus mandamientos.

Quiero dejarte con esta reflexión:

«Cuando el pecado nos deje en paz, entonces nosotros lo podemos dejar en paz. No obstante, esto no ocurrirá nunca en esta vida. El pecado es engañoso y sabe como aparentar que está muerto, cuando en realidad todavía está vivo. Debido a esto, debemos perseguirlo vigorosamente en todo tiempo hasta la muerte» (John Owen).

Si el pecado es enemigo de Dios, si contradice nuestra vida en Cristo y si sus obras nos conducen a la muerte, ¿no deberíamos perseguirlo hasta matarlo por el poder del Espíritu que mora en nosotros?

Esta reflexión surgió de mi lectura del libro La mortificación del pecado, de John Owen.

BIBLIOGRAFÍA CITADA


• Comentario Bíblico de Matthew Henry | Romanos 8. [1]

​• Entendiendo el evangelio: Un devocional de 30 días, Colin S. Smith | La crucifixión. [2] 

• Comentario MacArthur del Nuevo Testamento Romanos, John MacArthur | Romanos 8:13. [3] [4] [5]

• La mortificación del pecado, John Owen | Capítulos 1 y 2.

• Texto bíblico Reina-Valera 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Derechos renovados 1988, Sociedades Bíblicas Unidas.