Carta 1 - La encrucijada
La noche estrellada de Vincent van Gogh, tomada en el MAM de New York [Fuente: Wikipedia].

Martes, 1 de septiembre del 2026

Son las 3:28 de la mañana. A esta hora debería estar durmiendo. Llevo noches de desvelo. Casi dos años sin poder dormir bien. Me siento agotada.

De día y de noche mi mente se inunda de toda clase de pensamientos. Algunos buenos, otros no tanto. La culpa me invade. Aun así, decido continuar.

La vida no es fácil, pero ¿quién soy yo para quejarme? Por eso he decidido aferrarme a Tus promesas.

Sí. No es fácil levantarse cada mañana con el corazón agitado por los afanes del día que apenas empieza. Es como pretender tapar el sol con un dedo, o volar como un ave por la inmensidad del cielo. 

En mi travesía por este mundo he descubierto que mi descanso se encuentra a los pies de Jesús.

Apenas empiezo a creer en Sus palabras, cuando dijo: «Vengan a mí, todos los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar».

No te sorprendas cuando digo que aún no lo creo del todo. Aunque es evidente que para Ti nada hay oculto.  

Realmente no es que no crea por incredulidad, sino que mi fe es pequeña, recién nacida. También es cierto que llevo toda una vida dentro del evangelio y ya debiera estar digiriendo comida sólida.

Pero ¿desde cuándo la vida cristiana se convirtió en una carrera? ¿En una carrera donde apresuradamente debemos creer y procurar un cambio radical que evidencie nuestra fe?

Prefiero ir despacio, descubriéndote.  

Descubriendo quién eres y cómo obras en mi vida.

Quizá a muchos cristianos no les agraden mis palabras. Porque no se alinean con su propia doctrina. Por eso les doy vía libre: Pueden refutar y confrontar, pero sin agredir. Estoy abierta a todo argumento. Porque si hay algo que me gusta es prestar oído a la voz ajena.

¿Y quién puede asegurar que todos los creyentes crecemos al mismo tiempo? 

Hay quienes se encuentran con Cristo al final de la carrera. Lo he visto. Y no lo pongo en discusión.

No me parece preciso apresurarse a crecer en la fe sin meditación y sin contemplación. Esto último, ¿no es vital para creer en Ti? Y para amarte.

Desde que me detengo a contemplar cada verdad revelada en Tu Palabra, mi fe echa raíz en lo secreto. Como una planta, se arraiga en mi corazón y te siento cerca. Más cerca que ayer.

Pero sin contemplación mi fe sería ciega. Tal vez podría entender algunas cosas sobre Ti, pero eso sería mero conocimiento humano. No una fe cimentada en Tu verdad revelada.

Soy tan inútil con las palabras que me resulta imposible describir lo que ahora conozco de Ti.

Pero Tú me entiendes.  

Y aun en el silencio percibo Tu voz diciéndome que todo lo que estoy viviendo tiene como propósito glorificarte a Ti.

Y esto es algo que disfruto tanto. Porque al rendirte la gloria, mi alma también se rinde a Ti. Aun sin entenderlo todo. O sin entender nada.

Solo sé que mi vida te pertenece. 

Y aquí quiero estar.