Un hombre entra a la iglesia y se sienta en las últimas bancas. Es domingo, y el pastor enseña. De repente, el pastor le pregunta: “¿Quiere aceptar a Jesucristo como su Salvador y Señor?”. El hombre mueve el dedo indicando que no. El pastor insiste, y el hombre continúa diciendo que no. Finalmente, el hombre pasa al frente para que oren por él. ¿Qué lo hizo cambiar de opinión si al principio se negó? ¿Dios lo convenció en su interior o el hombre decidió arrepentirse?
Esta escena se repite en muchas iglesias y campañas evangelísticas: Predicadores llamando al arrepentimiento y pecadores respondiendo al llamado. No tiene nada de extraño si creemos que el hombre decide por sí mismo arrepentirse y creer en Jesucristo, sin que Dios intervenga antes. El problema sucede cuando leemos pasajes como Juan 6:44: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» o Efesios 2:1: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados».
En nuestra historia, vemos que el pastor insistió y el hombre decidió pasar. Pero ¿quién sembró esa inquietud en su corazón para que aceptara el llamado? ¿Y quién lo retuvo en la banca para que ni siquiera se fuera de la iglesia?
Charles Spurgeon afirma:
«Piensa el tal que la salvación le viene por estar arrepentido, olvidando que su estado de arrepentimiento es parte de su salvación. “Debo de ser esto y lo otro”, dice. Todo lo cual es verdad, porque, sí, será esto y lo otro; pero es resultado de la salvación, y la salvación le viene primero antes de verse alguno de sus resultados».
La Biblia enseña que todos nacemos en pecado (Sal 51:5; Ro 3:23; Ecl 7:20), no hay ni un ser humano que haya nacido limpio —excepto Jesucristo—. Pero «no somos pecadores por cometer actos pecaminosos; cometemos actos de pecado porque somos pecadores»¹. Esa es nuestra condición humana, estamos muertos en delitos y pecados (Ef 2:1). Amamos el pecado por naturaleza (Jn 3:19; Ro 3:10-12). Pero comenzamos a cometer pecados deliberadamente cuando somos capaces de comprender y actuar moralmente. Un niño no peca solo porque alguien más le enseñó a hacer el mal. Los malos deseos surgen solos, y son el producto natural del corazón. No es necesario enseñarle a un niño a mentir y robar, pelearse con otros niños, o sentir envidia y enojo contra sus semejantes, todas estas cosas son prueba de la corrupción y la caída del hombre².
Debido a nuestra condición no podemos salvarnos a nosotros mismos. Dependemos completamente de la gracia soberana de Dios (Ef 2:8-10). Al estar muertos en nuestros delitos y pecados, no podemos elegir a Dios por nosotros mismos. Necesitamos que Dios nos dé vida primero: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados» (Ef 2:1). Todos los que no vienen al Señor —para ser lavados en la sangre del Cordero—, y viven según los deseos de su carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, por naturaleza son hijos de ira (Ef 2:3). Es decir, están espiritualmente muertos. Y aquí surge la pregunta: ¿por qué si los pecadores están muertos espiritualmente, hacen buenas obras, al igual que los creyentes? ¿Acaso sus obras de justicia no son suficientes? La respuesta es no. Aunque sus obras sean buenas, no son suficientes, pues su naturaleza sigue esclavizada al pecado y apartada de Dios. Ellos necesitan primero reconciliarse con Dios para ser aceptados por Dios (2 Co 5:17-19).
John MacArthur lo declara así:
«Los hombres aparte de Dios son muertos ambulantes que ni siquiera saben que están muertos. Realizan de manera mecánica todas las rutinas de la vida pero no poseen vida como tal»³.
El pecador no puede arrepentirse hasta que Dios obre primero. Cuando Dios le concede la vida, en esa nueva vida nace el arrepentimiento (Hch 5:31, 11:18; 2 Tim 2:25; Ez 36:26-27). En un sentido espiritual, el corazón muerto vuelve a latir. La sangre vuelve a circular en todo su cuerpo. Los órganos vuelven a funcionar. Sus ojos ciegos se abren para contemplar a Cristo. Los oídos sordos oyen su voz. Y el pecador que antes corría tras el pecado ahora corre a Cristo, porque ha recibido vida. Nosotros somos incapaces de producir vida en nosotros mismos. Por eso la obra es completamente Suya. Solo Dios puede soplar aliento de vida sobre huesos secos.
El hombre se arrepiente verdaderamente.
Dios no se arrepiente por nosotros. Arrepentirnos de nuestros pecados es nuestra responsabilidad: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados» (Hch 2:38). Y esto es posible porque Dios quita el corazón de piedra y pone uno de carne en el pecador (Ez 11:19). El Espíritu Santo lo convence de su pecado (Jn 16:8). Y al ser confrontado por el mensaje del evangelio, como resultado, el pecador se arrepiente.
El hombre cree verdaderamente.
Dios no cree por nosotros. Cuando el evangelio de Jesucristo nos es predicado, a nosotros nos corresponde recibirlo: «Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Ro 10:17) y «...para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn 3:15). Cristo es suficiente para salvar al pecador arrepentido (1 Tim 1:15). La Palabra enseña que todo aquel que es vivificado por el Espíritu —es decir, que recibe aliento de vida—, inevitablemente corre a Él, cree en Él y descansa en Él.
El hombre confiesa verdaderamente.
Dios no confiesa nuestros pecados por nosotros. Nosotros debemos confesarlos para recibir el perdón de Dios. Y el Padre de misericordias nos perdona, por la obra redentora de Su Hijo amado, quien intercede por nosotros: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9). «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Prov 28:13). Cuando el pecador viene al Padre, con un corazón quebrantado, confiado en Jesucristo, recibe el perdón de Dios, porque en la cruz Cristo ya pagó el precio por su salvación.
El hombre abandona el pecado verdaderamente.
Dios no se arrepiente ni obedece en nuestro lugar. Nosotros participamos en nuestra santificación, juntamente con el Espíritu Santo. Él es quien obra en el corazón para que el pecador que antes amaba las tinieblas ahora venga a Cristo y le obedezca: «Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13). «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (Ro 8:2). El pecador arrepentido abandona su pecado porque ha nacido a una nueva vida y ahora sirve a Cristo su Señor por el poder del Espíritu que mora en él.
El arrepentimiento verdadero proviene de Dios y es para salvación (2 Co 7:10). Dios produce en el pecador una inclinación nueva hacia Dios. Un cambio completo e irreversible de mente, corazón y acciones. Odio al pecado. Por eso el pecador arrepentido se aleja del pecado y se vuelve a Dios. Porque entiende que el pecado es una ofensa directa contra Él.
Entonces, entendiendo qué es el arrepentimiento verdadero, surge la pregunta:
¿El arrepentimiento verdadero implica que nunca más volveremos a pecar?
No necesariamente. Los creyentes todavía seguimos luchando contra el pecado (Gá 5:16). Todavía encontramos corrupción en nosotros mismos (Ro 7:15, 19). Y todavía caemos en ciertos pecados (1 Jn 2:1-2). La diferencia es que ahora tenemos vida nueva (2 Co 5:17) y dentro de nosotros habita el Espíritu de Dios: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Ro 8:9). Antes podíamos convivir con el pecado, sin sentir culpabilidad. Pero el evangelio nos recuerda nuestra pecaminosidad e insuficiencia, y nuestra necesidad de la misericordia de Dios y nuestra dependencia de Cristo Jesús.
Probablemente, al igual que yo, creías que la decisión de arrepentirse y acercarse a Cristo es nuestra, pero el evangelio nos recuerda que el arrepentimiento mismo es evidencia de la gracia de Dios. Tal como dice Spurgeon: «su estado de arrepentimiento es parte de su salvación». Estamos tan caídos que no podemos ni buscar a Dios. Por eso Él tuvo que buscarnos primero. Así como el hombre de nuestra historia al inicio. Él quiso pasar al frente. Él decidió hacerlo. Pero esto fue posible porque Dios ya había obrado en su corazón antes. Solo Dios puede hacer que un corazón que ama el pecado comience a desear a Cristo.
Quiero que recuerdes esto:
El arrepentimiento no es el precio que pagamos para conseguir la gracia; es uno de los frutos de la gracia que Dios ya está obrando en nosotros. La gloria es de Dios porque la salvación es obra Suya.
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