¡Hay misericordia gratuita para todos!
Ahí empezó todo. Mi alma desventurada habitaba en la miseria, ciega y desnuda. Mis vestiduras sucias y rasgadas descubrían mi vergüenza. Sin poder alzar los ojos al cielo, sino golpeándome el pecho y diciendo: ¡Ten misericordia de esta miserable pecadora!
¿Te has sentido así? Si este es tu caso, oye. Inclina tu oído. Tengo palabra para ti: ¡Hay misericordia gratuita para todos!
«¿No es igualmente cierto que los grandes remedios de gracia y redención son para las almas enfermas?» pregunta Spurgeon, convencido de que el gran Médico ha venido al mundo para sanar precisamente a los enfermos.
Ahora fíjate en esta escena:
Jesús había sido convidado a la mesa de Leví. Pero Leví no era cualquier hombre, era un publicano. Y muchos publicanos y pecadores se sentaron junto a Jesús, porque le habían seguido. Todos unánimes, disfrutaban del banquete. Cuando de repente los escribas y los fariseos dijeron: «¿Qué es esto? ¿Él come y bebe con publicanos y pecadores?» —Imagínalos gritando. Todos escandalosos. Y sí, este es el escándalo de la gracia—. Y Jesús les respondió: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mr 2:17).
Los fariseos se escandalizaban de que Jesús recibiera a los pecadores y se sentara a comer con ellos, pues consideraban incompatible la verdadera piedad con semejante cercanía. «Rechazaron a Jesús porque Él no temía relacionarse con aquellos a quienes ellos consideraban inmundos y repugnantes»¹.
¿Quiénes estaban realmente enfermos? ¿Los que reconocían su pecado o los que presumían de su justicia?
Considera esta otra escena:
El hijo mayor regresaba del campo. Al acercarse a la casa, escucha música y danzas. Se detiene. Pregunta qué está pasando. El criado le responde: «Tu hermano ha vuelto y tu padre hizo fiesta». Y en vez de llenarse de gozo porque su hermano había regresado y su padre estaba siendo honrado, se indignó. Le enfureció que su padre recibiera otra vez al pródigo. Por tanto, su padre salió y le rogó que entrara. Pero el hijo mayor desbordó todo lo que guardaba. Reclamó años de servicio sin recompensa. Reclamó fiestas que nunca le dieron —según él—. Y reclamó que ahora sí hubiera fiesta, pero para el pródigo que malgastó todo.
Imagina al hijo mayor preguntándose:
¿Qué es esto? ¿Mi padre hace fiesta por un pecador?
¿Quién estaba realmente perdido? ¿El hijo pródigo que volvió a casa o el hijo mayor que nunca salió de casa?
Entonces, ¿quiénes de ellos necesitaban remedios de gracia y redención? ¿Los pecadores o los justos? Todos.
El hijo mayor representa a los fariseos y los escribas que murmuraban: «Este a los pecadores recibe, y con ellos come» (Lc 15:2). Estos religiosos creían que sus obras piadosas hacían a Dios su deudor. Y que su justicia era mayor que la de los demás. Por eso pensaban que solo ellos merecían entrar al reino. Eran orgullosos. Y confiaban en su propia justicia para alcanzar la salvación.
El hijo pródigo nos muestra al pecador que, después de reconocer su miseria, vuelve al padre. Por eso los publicanos y pecadores recibieron con gozo a Jesús y se sentaron a comer con él. Porque no tenían nada que ofrecer. Solo podían recibir la misericordia de Dios para salvación.
El escándalo de la gracia no es simplemente que Jesús estuviera sentado con pecadores, sino que Dios salva a aquellos que no lo merecen. Por eso «el verdadero evangelio declara que los pecadores no pueden hacer nada para merecer el perdón o ganarse la vida eterna; lo único que pueden hacer es clamar por misericordia a Dios, y Él por su gracia los salva»².
Todos necesitamos de esta gracia, porque hemos pecado (Ro 3:23). El padre que salió por el hijo pródigo, también salió por el hijo mayor (Lc 15:28-32). Si naciste en un hogar cristiano, si nunca has salido de la iglesia. Si crees que tus méritos, tu obediencia, tus disciplinas espirituales o tu vestimenta te hace digno del favor de Dios, eres como el hijo mayor y necesitas la gracia de Dios. Si has descubierto que no tienes justicia propia, has pecado contra Dios y no te sientes digno de ser llamado su hijo, eres como el hijo pródigo y necesitas Su perdón.
¿A qué se refería Jesús cuando dijo: los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores?
Jesús no estaba diciendo que hay personas lo suficientemente justas y buenas que no necesitan su gracia. No existen esas personas. Lo que estaba haciendo era mostrar al pecador que reconoce su pecado y el pecador que se cree justo. Los que no reconocen su necesidad del Médico paradójicamente son los que más necesitan ser sanados.
«Si tu, querido amigo, te sientes espiritualmente enfermo, para ti ha venido el gran Médico al mundo. Si a causa del pecado te sientes completamente perdido, eres la misma persona comprendida en el plan de salvación por gracia». — Charles Spurgeon
El evangelio es medicina para los quebrantados.
Solo los enfermos buscan al Médico.
Solo los pecadores indignos reconocen que necesitan un Salvador.
Hay misericordia gratuita para el pecador.
Hay perdón para el culpable.
Hay gracia para el indigno.
Ven, pues, a Cristo.
No traigas tus méritos. No traigas tu justicia.
Ven tal como estás.
Porque precisamente para pecadores como tú es la gracia.
¿Y si el mayor peligro no fuera saber que eres pecador, sino creer que tu pecado te hace demasiado malo para Cristo o, peor aún, creer que eres demasiado bueno para necesitarlo?
Esta reflexión surgió de mi lectura del libro Solamente por gracia de Charles Spurgeon.

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