Cuando nuestra propia justicia nos impide ver cuánto necesitamos a Cristo
«Soy tan santa que ya ni el cielo es digno de mí». ¿Te suenan cercanas estas palabras? Me temo que no soy la única que ha creído esa mentira. Algo que señalan los inconversos de nosotros los cristianos es "se creen perfectos". Y ciertamente, hay algunos cristianos —quizá, muchos— que presumen de su propia justicia o viven engañados como me sucedió a mí. En ese momento no conocía el evangelio de Jesucristo; aquel que nos confronta con nuestra miseria para luego llenarnos de su gracia. Pero ¿qué es lo que nos hace pensar que merecemos el cielo?
En la Biblia encontramos varios ejemplos de personas que creían que sus buenas obras las hacían dignas del favor de Dios. Detengámonos en dos de estas figuras.
Los fariseos ocupan el primer lugar. ¿Quién no los reconoce? Cuando escucho "fariseos" automáticamente vienen a mi mente las palabras de Jesús: "sepulcros blanqueados". ¿Y por qué Jesús fue tan duro con ellos? Si Jesús fue tierno, amoroso y misericordioso con los pecadores, ¿por qué no mostró esa misma gracia hacia los fariseos, que también eran pecadores? Porque su mayor problema no era simplemente que pecaran, sino que no reconocían cuánto necesitaban la gracia. Ellos confiaban en sus obras. Creían que su obediencia los hacía dignos de la salvación. Y hasta le daban gracias a Dios por no ser como los demás pecadores (Lc 18:11). Tenían una opinión elevada de su propia justicia. Y no mostraban un arrepentimiento genuino. ¿Te hace eco esto?
¿Y qué hay del joven rico? Le pregunta a Jesús: ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Su pregunta revela que, a pesar de su confianza en su propia obediencia, todavía reconocía que le faltaba algo. Pero cuando Jesús le recita los mandamientos, responde: «Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta?» (v. 20). La pregunta real es: ¿alguien puede cumplir toda la ley sin quebrantar un mandamiento? Él creía cumplirla. Por eso Jesús le recuerda el verdadero significado de la bondad y luego expone el corazón del joven. Cuando le pide que venda todo lo que tiene y se lo dé a los pobres, le mostró que su verdadero dios no era el Señor. Eran sus posesiones —¡qué contraste con Zaqueo! (Lc 19:8)—. Y al final, escogió sus riquezas por encima de Cristo.
Estas dos historias comparten lo mismo: el corazón legalista que no quiere depender de Dios para ser salvo, sino que prefiere confiar en sus propias obras de justicia. Pero Jesús no vino a llamar a los justos, sino a pecadores al arrepentimiento (Lc 5:32). Él vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lc 19:10). Como dijo Pablo: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero» (1 Tim 1:15). Si nos vestimos con nuestra propia justicia como los fariseos o presumimos de nuestra propia bondad como el joven rico, si permanecemos aferrados a nuestra propia justicia, jamás correremos a Cristo, porque la gracia solo es preciosa para quien reconoce que no puede salvarse a sí mismo. Nos sería imposible dar frutos dignos de arrepentimiento (Lc 3:8). Porque nuestra falsa justicia nos haría creer que no necesitamos a Cristo. Que nuestras obras son suficientes. Querido hermano(a), si al leer esto te sientes expuesto, en palabras de Spurgeon te suplico: contempla tu justicia propia hasta que veas lo falsa que es. ¡Deséchala! ¡Aléjate de la misma! Y corre a Cristo.
Y recuerda lo que dijo Spurgeon:
«Las únicas personas que necesitan justificación son las que reconocen que no son justas. Ellas sienten la necesidad de que se haga algo para que sean justas ante el tribunal de Dios. [...] Hacer justo a quien ya es justo no es obra de Dios, tal cosa es una insensatez. Justificar al impío es un milagro digno de Dios. Ciertamente así es».
Podemos hablar mucho de la gracia de Dios y, al mismo tiempo, vivir como si nuestra salvación dependiera de nuestra propia justicia. Y ¿qué hacemos cuando esa misma justicia propia se disfraza de piedad y entra en nuestras iglesias?
¿Recuerdas que al inicio comenté que los incrédulos nos perciben como personas que se creen perfectas? Esto me hace creer que el problema de los fariseos no es tan ajeno a nuestra realidad. En nuestras iglesias encontramos toda clase de personas: los que se sienten superiores por su conocimiento bíblico. Los que se sienten más santos porque tienen ciertas disciplinas espirituales. Los que desprecian a otros cristianos porque su doctrina es diferente. Los que juzgan al pecador olvidando su propia necesidad de gracia. Los que hacen muchas cosas buenas y ven a Dios como su deudor. Y los que defienden correctamente la doctrina de la gracia, pero viven confiando en sus obras. Seguramente tú no perteneces a ninguno de esos grupos. Eres el creyente que espera a que Dios se apiade de ti, y te muestre una iglesia sana, bíblica. Una iglesia libre de impíos. Con hombres y mujeres piadosos como tú. Que solo quieren adorar a Dios, dedicando su vida en servicio a los demás. Hermano fariseo... Perdón, hermano en la fe, si tu intención es "ser mejor cristiano" mientras juzgas a otros, caíste justo en lo que estás denunciando. Y el evangelio es mucho más profundo: nuestra esperanza delante de Dios no descansa en lo que nosotros hemos hecho por Cristo, sino en lo que Cristo hizo por nosotros.
Lamento si mis palabras te golpearon. No quiero señalarte, sino mostrarte quién fui yo, cuando creía que ni siquiera el cielo era digno de mí. Y la pregunta termina siendo: ¿en qué estoy confiando yo para presentarme delante de Dios?
Recuerda entonces: la justicia propia nos hace creer que merecemos a Dios. Pero el evangelio empieza cuando reconocemos que no merecemos nada. El legalismo nos exige obras para alcanzar a Dios, pero el evangelio nos dice que Dios descendió a buscar pecadores que jamás podrían alcanzarlo por sí mismos. Si hacemos buenas obras es porque ya somos hijos de Dios. Si obedecemos es porque ya fuimos aceptados en Cristo. Así que no vengas a Cristo trayendo tus buenas obras. ¡Ven trayendo tus pecados! ¡Y corre a Cristo! ¡Sí, corre hacia Él! Porque en Cristo hay gracia. Hay perdón. Hay vida eterna.
Decimos creer en la gracia, ¿pero vivimos como si Cristo fuera realmente suficiente?
Esta reflexión surgió de mi lectura del libro Solamente por gracia de Charles Spurgeon.

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