De la miseria a la gracia

El príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon, escribió en una de sus obras:

«¿No habías pensado siempre que la salvación era para los buenos, y que la gracia de Dios era para los justos y santos, libres del pecado? Te había caído bien en la mente, sin duda, que si fueras bueno, Dios te recompensaría, y has pensado que no siendo digno, nunca podrías disfrutar de sus favores».

No puedo olvidar las palabras de mi abuelo cuando le hablé por primera vez sobre el evangelio. Con el rostro caído, en un estado de miseria y vergüenza, dijo: "Dios no me puede perdonar a mí, he cometido muchos pecados y al cielo solo entran las personas buenas". ¿Cuántas personas en el mundo piensan que sus pecados son imperdonables, y por miedo a ser rechazados no vienen a los pies del Señor? Y lo más triste es que muchos cristianos también viven atrapados en esa misma mentira. Yo fui una de ellos.

Entonces, ¿al cielo solo entran las personas buenas? Me parece que la pregunta real es: ¿existen las personas buenas? 

Cuando era más joven tenía un concepto totalmente equivocado sobre mí. Sentía que mi "justicia" era superior a la de los demás. Siempre imaginaba escenarios donde hablaba de mi propia bondad y mis méritos, convencida de que con eso me ganaría el favor de Dios; pero era solo una fachada, porque en mi interior también existía el temor de irme al infierno. Había una guerra dentro de mí. Por fuera quería verme "justa" —porque todos me lo exigían—, pero por dentro sabía que no lo era. La realidad es que no conocía el evangelio por gracia, pues el único evangelio que me predicaron fue uno por obras. 

Si la salvación fuera para los buenos, ¿quién podría salvarse? Ninguno. Como seres humanos caídos, no poseemos una justicia propia con la cual podamos ser justificados delante de Dios. Eso no significa que no podamos hacer absolutamente nada moralmente bueno, sino que ninguna de nuestras obras nos convierten en personas justas delante del Dios tres veces santo. No somos suficientemente buenos. Y nunca lo seremos. Por eso, Dios declara que «no hay justo ni aun uno» (Ro 3:10). En toda la tierra, no hay quien haga el bien y no peque (Ecl 7:20). Toda la humanidad está bajo pecado (Ro 3:9). Y «todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia» (Is 64:6).  

Si no somos buenos, y si nuestra justicia es insuficiente para cumplir con las demandas de Dios, ¿cómo puede salvarnos Dios?

Al cielo solo entran las personas buenas

Aquí es donde la gracia redentora de Dios irrumpe en la vida del pecador de manera transformadora. El Dios santo y justo conoce nuestro estado de miseria. Y la realidad es esta: nuestra voluntad humana no nos hace justos. Y nuestras obras de justicia solo nos enseñan a parecer justos. Pero Jesús no vino al mundo porque éramos justos, sino para hacernos justos, justificando al impío. Romanos 4:5, nos recuerda: «mas al que no obra, sino cree en Aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». Lo que quiere decir que, Dios no declara justo a quien se hace bueno por sus propias obras, sino a quien cree en Aquel que perdona al pecador.

No estoy diciendo que Dios pasa por alto el pecado, ni que actúa contrario a su propia justicia, sino que Él mantiene su justicia porque, Cristo fue perfectamente justo en nuestro lugar y el castigo por nuestro pecado fue pagado a través de su sacrificio. La justicia de Cristo nos ha sido imputada «para llevarnos a Dios» (1 Pe 3:18). ¿Acaso no debería esto llenarnos de gozo y gratitud? Porque en Cristo Jesús, hemos sido declarados justos. Dios ya no cuenta nuestro pecado, pues Su justicia nos cubre. Como está escrito: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co 5:21).

¿Y cuál es el propósito de este discurso? Recordarnos la verdad bíblica: solemos pensar que la gracia es para quienes la merecen, pero el mensaje del evangelio nos recuerda que, precisamente la gracia parte de nuestra incapacidad para merecerla; y es por eso que Dios en su soberana voluntad ha concebido un plan mediante el cual, en su justicia perfecta, puede declarar al culpable como inocente, al pecador como si nunca hubiera pecado, sobre la base de la justicia de Cristo, el Salvador. Eso es la justificación. Eso es el evangelio. Y es escandaloso.

¿Al cielo solo entran las personas buenas? No. Al cielo solo entran los pecadores que han sido justificados en Cristo y son salvos por Su gracia.

Esta reflexión surgió de mi lectura del libro Solamente por gracia de Charles Spurgeon.