La distracción es su mayor aliada. El hombre que no vigila su corazón puede quedar atrapado en sus garras. Durante nuestra estadía en la tierra estaremos expuestos a este peligro. Somos presa de ese león rugiente que busca devorar.
La tentación no proviene de Dios, porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta a nadie. Cuando somos tentados, son nuestros propios deseos los que nos arrastran y nos seducen; y si no controlamos esos deseos, el pecado cometido trae como consecuencia la muerte (Stg. 1:13-15).
La tentación también es un arma letal que el enemigo utiliza para hacernos caer. Él observa nuestras debilidades, y lanza sus dardos en nuestra contra. El corazón es el terreno donde el deseo puede sembrarse. La mente es el suelo donde esa semilla germina, y el cuerpo ejecuta lo que se cultivó en lo secreto.
Si la tentación toca a tu puerta, no le abras. Si te persigue, no mires atrás. Si se presenta en tus pensamientos, no la alimentes ni la medites. No cedas al pecado. Recuerda el proverbio: «¿Andará el hombre sobre brasas sin que sus pies se quemen?» (Prov. 6:28). La respuesta es un rotundo NO. Quien juega con el pecado termina quemándose.
Lo que nos mantiene firmes es la oración. Jesús dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mt. 26:41). La oración es el ancla que evita que el viento, las olas o las corrientes muevan nuestra embarcación y nos lleven a la deriva.
Sométete a Dios, resiste al enemigo, permanece firme en Él y no cedas ante la tentación.

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