Martín Lutero dijo: “No puedes evitar que los pájaros de la preocupación vuelen sobre tu cabeza, pero sí puedes evitar que hagan nido en ella”. No somos inmunes a los malos pensamientos, pero sí somos llamados a no darles lugar. La respuesta se encuentra en la oración. Cada vez que el rencor intenta dominarme, rindo mi resentimiento delante de Dios. La oración que suelo hacer es la siguiente:
“Padre, tú sabes que guardo rencor hacia —menciono su nombre— y que soy completamente impotente frente a este sentimiento. No sé perdonar; por eso te pido que me enseñes a hacerlo, así como tú me has perdonado a mí. Pongo en tus manos la vida de esta persona y te entrego mi resentimiento. En el nombre de Jesús. Amén”.
Elevar oraciones sencillas nos ayuda a descargar el peso de los sentimientos pecaminosos y a reconocer que nuestra fuerza no proviene de nosotros mismos, sino de Dios. Al hacerlo, Él nos concede paz en el corazón, nos mantiene a cuentas con Él y nos da la libertad de acercarnos a otros con un espíritu sincero, sin hipocresía, descansando en su gracia.
