Solo Dios puede crear gozo en Dios - Madelin Reyes

Esta serie nace de la lectura del libro 'Cuando no deseo a Dios: La batalla por el gozo' de John Piper.

El gozo que no podemos producir

¿Te has preguntado si el gozo que sientes en Dios nace de tus propios afectos, o si es un don que Él te ha concedido sin que tú lo hayas procurado?

Los seres humanos tendemos a buscar el gozo en lugares equivocados, aferrándonos a realidades pasajeras que prometen satisfacción. De manera natural perseguimos el placer; sin embargo, cuando esta búsqueda se vuelve constante, termina produciendo frustración y nos hace perder de vista aquello que realmente tiene valor. Los placeres momentáneos no pueden ofrecer un gozo verdadero ni duradero.

Como cristianos, este error no siempre se manifiesta en la búsqueda de placeres mundanos, sino también en nuestros propios intentos de agradar a Dios. Aun en la devoción, el corazón puede desviarse sin que lo advirtamos, pues la Escritura nos recuerda que “engañoso es el corazón más que todas las cosas” (Jer. 17:9). Así, incluso nuestras mejores obras, cuando brotan del deseo de la gloria propia, no agradan a Dios y son comparadas con trapos de inmundicia (Is. 64:6). De este modo, las obras pueden ocupar el centro de nuestra vida espiritual y llevarnos a pensar que cuanto más hacemos por Dios, mayor será nuestro gozo.

He descubierto en mi propia experiencia cuán fácilmente mi corazón se inclina a intentar producir, por iniciativa propia, aquello que solo Dios puede conceder. La Palabra me ha confrontado al recordarme que el gozo cristiano es un don que proviene de Dios (Sal. 51:12). Este gozo nace de poseer a Dios como el tesoro supremo del alma, pues solo en Él se halla la plenitud de la vida: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25).

El gozo que Dios manda y sostiene

Tal vez al leer esto reconoces una lucha silenciosa en tu propio corazón. Haces lo correcto, perseveras en la obediencia, buscas honrar a Dios, y aun así el gozo parece distante. No porque Dios sea insuficiente, sino porque, muchas veces sin notarlo, hemos intentado producir con nuestras fuerzas aquello que solo puede nacer de la gracia. Esta tensión no revela un corazón incrédulo, sino uno necesitado de descanso en Dios.

Ahora bien, si el gozo cristiano no nace de nuestro esfuerzo, sino que es un don concedido por Dios a los redimidos, surge entonces una pregunta inevitable: ¿por qué la Escritura no solo lo presenta como una promesa, sino también como una exhortación? Esta tensión nos conduce a comprender que el gozo cristiano, aunque es dado por Dios, debe ser vivido por el creyente en una relación de dependencia constante.

La Escritura presenta el gozo cristiano no como una opción, sino como un mandato para todo creyente: “Regocíjense en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocíjense!” (Fil. 4:4, énfasis añadido). El verbo «regocíjense» aparece en modo imperativo, lo que indica una exhortación clara a vivir gozosos en Cristo. Resulta profundamente significativo que estas palabras provengan del apóstol Pablo, escritas desde la prisión. Privado de libertad, comodidad y certeza sobre su futuro, Pablo insiste en el gozo con una convicción que no depende de las circunstancias.

Esto nos enseña que el gozo cristiano no depende de condiciones favorables, sino de una vida sostenida por Dios en medio de la incertidumbre. Algo semejante nos encontramos en Jeremías, cuando declara: “Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré” (Lam. 3:24). Esta confesión nace en medio de las ruinas de Jerusalén. Si Dios es su porción, su tesoro permanece intacto, aun cuando todo a su alrededor ha sido destruido. El gozo bíblico, por tanto, no niega el dolor, sino que aprende a habitar con él.

Esta verdad se hace evidente en las palabras del profeta Habacuc, quien, aun cuando todo parecía perdido, afirma su gozo en Dios al decir:

“Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Habacuc 3:17-18).

Así, a la luz del testimonio de Pablo, Jeremías y Habacuc, podemos afirmar que el gozo cristiano no nace principalmente de nuestros afectos humanos ni descansa en la salud, la estabilidad, los logros o las personas. Pablo exhorta al gozo desde la prisión; Jeremías confiesa su esperanza entre ruinas; y Habacuc se alegra en Dios cuando todo parece perdido. En cada caso, el gozo no brota de lo visible, sino de Dios mismo. No procede de la carne, sino del Espíritu (Gá. 5:22), y tiene su fundamento no en lo que desfallece, sino en el Señor, quien es nuestra porción para siempre (Sal. 73:26).

John Piper expresa esta verdad con claridad al escribir:

"Hay una razón. Cuando todo está dicho y hecho, solo Dios puede crear gozo en Dios. Esta es la razón por la que los hombres de Dios en la antigüedad no solo buscaron el gozo sino que oraron por él... Sentir satisfacción por la belleza de Dios no es algo que llega de forma natural a las personas pecadoras... Dios habría de transformar mi corazón para que hiciera lo que un corazón no puede hacer por sí mismo, a saber, desear lo que debe desear. Solo Dios puede hacer que un corazón corrompido anhele a Dios”.

( John Piper, Cuando no deseo a Dios: La batalla por el gozo, prólogo, p. 7, 13).

En la línea de la teología de John Piper, podemos decir que:

Cristo es más glorificado cuando Él es nuestro mayor bien, incluso cuando todo lo demás se pierde. No tenemos control sobre las circunstancias, pero sí podemos volver al Señor una y otra vez y encontrar reposo en Él: en la abundancia y en la escasez, en la certeza y en la duda, en tiempos de consolación y también en la noche oscura. Aferrarnos a esta verdad es lo que, finalmente, sostiene nuestra fe.

Nadie puede ver la belleza de Dios a menos que Dios se la muestre. Nadie puede saborear la dulzura de Dios a menos que Dios se la dé a probar. Nadie puede deleitarse en Dios a menos que Dios le otorgue ese deleite. Solo Dios puede crear gozo en Dios.

ORACIÓN 

“Señor, reconocemos que muchas veces intentamos producir con nuestras fuerzas aquello que solo puede nacer de tu gracia. Confesamos que nuestro corazón es débil y fácilmente se desvía, pero también descansamos en la verdad de que Tú eres paciente y fiel. Danos un corazón que te desee por quien Tú eres, no por lo que podamos recibir de Ti. Concede gozo a quienes hoy se acercan a Ti cansados, confundidos o sin fuerzas, y enséñanos a hallarnos satisfechos en Cristo, aun en medio de la lucha. Que todo lo que pensemos, leamos y meditemos sea para tu gloria. Amén.”

Este artículo forma parte de la serie Cuando no deseo a Dios, escrita por Madelin Reyes. Aquí puedes encontrar los demás artículos de la serie.


Bibliografía

Piper J. (2011) Cuando no deseo a Dios: La batalla por el gozo. 

A menos que se indique lo contrario, todas las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera 1960, © Sociedades Bíblicas Unidas. Todos los derechos reservados.