Ninguna religión puede llevarnos a Dios, aunque afirme poseer la verdad. La Escritura es clara al declarar que Jesús es el camino, la verdad y la vida, y que nadie viene al Padre sino es por medio de Él (Jn 14:6). Las religiones son obra del hombre; en ningún lugar Dios ha determinado en su Palabra que la pertenencia a un sistema religioso sea el medio de salvación.
Esta verdad también fue necesaria para la iglesia en Corinto, donde algunos decían ser de Pablo, otros de Apolos y otros de Pedro. Pablo corrigió esta división recordándoles: «¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1 Co. 1:13). Esto demuestra que la salvación no se encuentra en líderes humanos ni en organizaciones religiosas, sino únicamente en Jesucristo.
Esta misma verdad podemos aplicarla en la Iglesia hoy. Un líder cristiano puede exhortar en amor y verdad, y una iglesia local puede ofrecer consejería y recursos bíblicos, pero nuestra esperanza y confianza deben estar puestas solo en el Señor, nuestro único Salvador. No hay alternativas ni sustitutos: solo Jesucristo salva.

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