Un solo nombre bajo el cielo - Madelin Reyes

«Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:12).

En el mundo existen muchas religiones, pero ninguna de ellas puede conducir al hombre a Dios por sí misma. Esto mismo explicó el apóstol Pablo a los atenienses, un pueblo profundamente religioso y rodeado de numerosos dioses. En medio de esa multiplicidad de cultos, habían levantado un altar “al Dios no conocido” (Hch 17:16–33). Ese altar no significaba que realmente conocieran al Dios verdadero; más bien reflejaba su deseo de no dejar sin honrar a alguna deidad desconocida. Pablo aprovechó esa referencia para anunciarles al Dios que ellos ignoraban: no como una divinidad más entre muchas, sino como el Señor soberano que se había revelado plenamente en Jesucristo.

Ninguna religión puede llevarnos a Dios, aunque afirme poseer la verdad. La Escritura es clara al declarar que Jesús es “el camino, la verdad y la vida”, y que nadie viene al Padre sino es por medio de Él (Jn 14:6). Las religiones son obra del hombre; en ningún lugar Dios ha determinado en su Palabra que la pertenencia a un sistema religioso sea el medio de salvación.

Esta verdad también fue necesaria para la iglesia en Corinto, donde algunos decían ser de Pablo, otros de Apolos y otros de Pedro. Pablo corrigió esta división recordándoles: «¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O fueron bautizados en el nombre de Pablo?» (1 Co 1:13). Esto demuestra que la salvación no se encuentra en líderes humanos ni en afiliaciones religiosas, sino únicamente en Cristo. Esta misma verdad se ilustra claramente en los relatos del Evangelio. Cuando Pedro se hundía en el mar, no clamó a ninguno de sus compañeros; clamó a Jesús, el único que podía salvarlo. 

Así como Dios abrió un camino en medio del mar para que Israel llegara a la tierra prometida, también abrió un camino único y suficiente para la vida eterna al enviar a su Hijo unigénito como el único medio de salvación (Jn. 3:16). No hay alternativas ni sustitutos: solo Jesucristo salva.