Justificados en Cristo y sostenidos por Su gracia - Madelin Reyes

Durante años luché contra mis malos deseos con la convicción de que debía vencer cada pecado para poder ser salva. Cuanto más me esforzaba, más evidente se hacía mi fracaso. Mi vida espiritual se convirtió en una larga lista de pecados que debía erradicar y en un camino imposible de recorrer. No comprendía del todo mi condición pecaminosa; solo sabía que, por mis propias fuerzas, no lograba alcanzar la justicia que creía necesaria para presentarme delante de Dios.

Con el tiempo, el Señor me permitió entender una verdad fundamental del evangelio, una verdad que cambió por completo la manera en que comprendía mi relación con Dios. Que por mis propias obras jamás podría vencer el pecado ni producir una justicia aceptable delante de Él. Mi justicia era insuficiente. En medio de esa búsqueda agotadora, conocí a Jesucristo y la obra perfecta que Él realizó en la cruz. Allí, Cristo cargó con el pecado y pagó el precio que yo no podía pagar. Desde entonces, cuando me acerco a Dios en el nombre de Jesús, Dios no me mira conforme a mis faltas, sino conforme a la justicia de Su Hijo, la cual me ha sido imputada por gracia.

«Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios» (Ro. 5:1-2).

También comprendí que la vida cristiana no consiste en completar una lista de logros espirituales ni en alcanzar una perfección terrenal. La salvación no depende de nuestra capacidad para vencer el pecado, sino de la obra consumada de Cristo. A partir de esa obra perfecta comienza entonces la vida cristiana, en la que Dios mismo continúa obrando en nosotros.

La santificación, en cambio, es un proceso diario y progresivo que Dios mismo produce en la vida del creyente por medio del Espíritu Santo. Por esta razón, la vida cristiana no se vive confiando en nuestras propias fuerzas, sino en una dependencia constante del Señor, quien sostiene, guía y transforma a su pueblo.

Nuestra relación con Dios descansa en un pacto eterno establecido en Cristo, es decir, en una obra de salvación que no depende de nuestra constancia sino de la fidelidad de Dios. Mientras habitemos en este mundo, no seremos inmunes al pecado ni a la tentación. Dios no promete una vida sin lucha, sino Su presencia fiel en medio de ella. Por eso, cada día nos encomendamos nuevamente a Él, no confiando en nuestra fortaleza, sino en Su gracia que nos guarda; y aun cuando caemos en medio de esa lucha, no quedamos fuera de Su gracia, porque la Escritura nos asegura que “la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1:7). Esta verdad no nos lleva a la indiferencia, sino a una humildad profunda y a una dependencia constante de Cristo.

Así, la vida cristiana se vive descansando continuamente en la gracia de Dios. El mismo Señor que nos justificó en Cristo es quien nos sostiene hoy y quien, por su fidelidad, nos preservará hasta el fin.