Mientras leía el libro “No desperdicies tu vida” de John Piper, me detuve a reflexionar en esta frase: «Solo una vida, y muy rápido pasará. Solo lo que hagamos por Cristo quedará». Estas palabras me obligaron a preguntarme con honestidad: ¿Qué estoy haciendo con mi vida que realmente glorifique a Dios?
Cada mañana, al despertar, lo primero que suelo hacer es agradecer a Dios por un día más de vida. Más que un hábito, esa pequeña oración se ha convertido en el primer aliento del día. Pero debo admitir que muchas veces no he valorado la vida como debería y he dedicado poco tiempo en servicio a Dios.
La vida es un regalo de Dios; no nos pertenece, solo nos ha sido confiada por un tiempo, con un propósito eterno: glorificar a Cristo, deleitarnos en Él y vivir de tal manera que otros también puedan conocer esta gracia.
Si vivimos para la gloria de Dios, todo lo que hacemos encuentra sentido. Aun lo más sencillo se vuelve un altar de adoración. Si ofrecemos nuestra vida como un instrumento de alabanza y gratitud por sus maravillosas bondades, nada de lo que hagamos en Cristo se perderá, porque todo está destinado a la gloria de Dios.

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