Aun siendo una niña de siete años, entendí que ese sueño era mi vida. El camino estaría lleno de tropiezos, cada piedra una prueba que vencer. Y aquel árbol robusto que fructificó ante mis ojos, era Cristo mismo, porque en Él estaba mi tesoro, y era Él quien me llevó a ese lugar. Ese sueño me acompañó toda mi infancia, y hasta hoy sigue vivo en mí.
El camino no ha sido fácil. Hay días en que me siento desanimada, enfrentando pruebas y tentaciones que me han herido, pero Su gracia me sostiene. Me recuerda a «El progreso del peregrino», un viaje largo donde Cristiano tenía que enfrentar obstáculos, caídas y gigantes para llegar a la Ciudad celestial. Al recorrer este pedregal, aun con incertidumbre por la vida, camino confiada en Aquel que dio su vida por mí y ya venció en la cruz.
En el silencio de mi habitación, con el corazón triste y sin respuesta aún a mis oraciones, vuelvo a aquel salmo que ha sido mi compañero de peregrinaje: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío» (Salmos 42:11). Sí, aún he de alabarle.

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