El árbol en la cima del pedregal

Uno de los sueños que marcó mi vida lo tuve durante mi infancia. No fue un sueño cotidiano, fue la sombra de lo que hoy estoy viviendo. Era una montaña cubierta de piedras, unas grandes y otras pequeñas. No había camino trazado hacia la cima; la única forma de llegar era escalando piedra por piedra. Caí en el intento, pero no me rendí. Al llegar a la cima, vi un valle verde, y en el centro, un árbol iluminado por el sol.

Aun siendo una niña de siete años, entendí que ese sueño era mi vida. El camino estaría lleno de tropiezos, cada piedra una prueba que vencer. Y aquel árbol robusto que fructificó ante mis ojos, era Cristo mismo, porque en Él estaba mi tesoro, y era Él quien me llevó a ese lugar. Ese sueño me acompañó toda mi infancia, y hasta hoy sigue vivo en mí.

El camino no ha sido fácil. Hay días en que me siento desanimada, enfrentando pruebas y tentaciones que me han herido, pero Su gracia me sostiene. Me recuerda a «El progreso del peregrino», un viaje largo donde Cristiano tenía que enfrentar obstáculos, caídas y gigantes para llegar a la Ciudad celestial. Al recorrer este pedregal, aun con incertidumbre por la vida, camino confiada en Aquel que dio su vida por mí y ya venció en la cruz.

En el silencio de mi habitación, con el corazón triste y sin respuesta aún a mis oraciones, vuelvo a aquel salmo que ha sido mi compañero de peregrinaje: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío» (Salmos 42:11). Sí, aún he de alabarle.