Contempla ahora al Hijo amado, que se hizo carne y habitó entre los hombres; Aquel que, sin deuda alguna, entregó Su vida por la humanidad extraviada.
Amor puro y verdadero, sin medida ni condición, que trasciende los siglos y sobrepasa todo entendimiento.
No se limita al perdón de culpas pasadas, ni reposa solo en la esperanza venidera, sino que aún hoy obra sin cesar, perfeccionando las almas por medio del Espíritu Santo.
Contempla al Hijo en la cruz, supremo sacrificio de amor por la humanidad caída, que transforma el corazón extraviado y lo conduce al trono de la gracia.
El Dios que adoramos no se conforma a las expectativas ni a las ideas humanas que pretenden limitar Su poder; antes bien, el Creador de los cielos y de la tierra está por encima de todo, y la mente finita jamás podrá comprender la plenitud de Su ser.
A Él sea la gloria, la honra y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
