Cada mañana, al despertar, lo primero que suelo hacer es agradecer a Dios por un día más de vida. Más que un hábito, es como inhalar el primer aliento del día: un recordatorio silencioso de que respiro por pura gracia.
Pero debo admitirlo: muchas veces no he valorado la vida como debería. La vida es un regalo de Dios; no nos pertenece, solo nos ha sido confiada por un tiempo, con un propósito eterno: glorificar a Cristo, deleitarnos en Él… y vivir de tal manera que otros también puedan conocer esta gracia.
De este modo, todo lo que hacemos encuentra su sentido: vivir para la gloria de Dios, ofreciendo nuestra vida como un instrumento de alabanza y gratitud por sus maravillosas bondades. Aun lo más sencillo se vuelve un altar de adoración.
Así, la vida se revela como lo que es: un don que nos ha sido confiado por un tiempo. Y aunque pronto pasará, nada de lo que hagamos en Cristo se pierde, porque todo está destinado a la gloria de Dios.
