Carta 6 - Cátedras en el exilio

Lunes, 21 de Septiembre del 2026

Afuera está lloviendo. Espero que pronto se calme. Como sabes, una parvada de palomas viene a mi casa a comer todos los días, durante todo el día. Y ahora no he podido darles su última comida para que vayan a descansar. Aunque me preocupa, sé que Tú las has dotado de sabiduría: ellas se resguardan juntas bajo techos y árboles, bien acurrucadas. Y sé que no pasarán hambre por una comida, pues guardan alimento en su buche para la noche. Esto me recuerda las palabras de Jesús, cuando dijo que Tú las alimentas (Mt. 6:26). Así de fiel y cuidadoso eres. La lluvia también es provisión.

He vuelto a escuchar los sermones de R. C. Sproul, mi predicador favorito. A él, Tú lo usaste en 2021, para predicarme sobre la justificación por la fe sola. ¿Lo recuerdas? El primero en predicarme el evangelio por gracia —y la justificación por la fe— fue Spurgeon, en su libro Solamente por gracia. En aquel momento (2020) no entendí mucho a qué se refería. Era un evangelio nuevo para mí. Y fue Sproul quien me dio la segunda cátedra. Spurgeon me predicó y Sproul me explicó. Tú obras de manera misteriosa. Jamás se me habría ocurrido que usarías a dos hombres ya muertos para predicarme Tu evangelio. Y lo sigues haciendo, de esta y de otras maneras.

Cuánto disfruto descubrirte.
Y al descubrirte, te disfruto más.

Hace unos días, mi tía me dijo que tenía "sed de Dios". Sus palabras me recordaron al libro de John Piper. Él ha sido otro predicador que estás usando para fortalecer mi fe. Siempre me ha gustado leer, y en esta última década estás usando los libros para predicarme. No me estoy congregando en ninguna iglesia, y cuánto deseo hacerlo, más que nunca. Si no he desmayado es por Tu buena voluntad; me has preparado un banquete aun en el exilio. Tu palabra alimenta mi ser. Jesús dijo que no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de Tu boca (Mt. 4:4). Y así me alimentas. Aun en el desierto en que me encuentro, sin nada que ofrecer, Tu Palabra brota como capullos al abrirse, o como los hongos que emergen de la tierra tras la lluvia. Perdón, no se me da lo de poeta.

De John Piper he leído algunos libros: No desperdicies tu vida, que me recuerda que la vida es un regalo Tuyo; no nos pertenece, solo nos ha sido confiada por un tiempo, con un propósito eterno: glorificar a Cristo, deleitarnos en Él y vivir de tal manera que otros también puedan conocer esta gracia. También Cuando no deseo a Dios. Comencé a leerlo precisamente porque descubrí que no te deseaba, y el título me dio curiosidad. Aun no lo termino, apenas voy por el capítulo 2 —es uno de mis libros pendientes. Siempre dejo libros a medias, porque me interesan otros, y luego vuelvo a ellos—; y otros devocionales que he encontrado en Coalición por el Evangelio y en otros sitios en la web. John Piper es, sin duda, mi escritor favorito. Me encanta la pasión tan peculiar con que escribe. A veces, intento imitar su estilo, pero el resultado es una parodia de Piper. Me da vergüenza decirlo.

En estas últimas semanas me has estado hablando sobre la gracia, la justificación solo por la fe y la santificación. No me extraña, porque siempre que quieres decirme algo lo muestras en todas partes: en sermones, en libros, en conversaciones cotidianas, en lugares inesperados. Todo apunta en la misma dirección, a lo que quieres revelarme de Ti. Es lindo y sorprendente a la vez. Pero así me hablas Tú. Ya te descubrí.

He leído otros libros, pero esos te los contaré en otra carta.

Ayer recordé mi sueño de niña: una montaña cubierta de piedras, grandes y pequeñas, sin camino trazado. La única forma de llegar a la cima era escalar piedra por piedra. Caí varias veces, pero no me rendí. Al llegar arriba vi un valle verde y, en el centro, un árbol iluminado por el sol. Aun con siete años entendí que ese sueño era mi vida: un camino lleno de tropiezos, cada piedra una prueba que vencer. Y aquel árbol robusto que fructificó ante mis ojos era Cristo mismo. En Él estaba mi tesoro, y fue Él quien me llevó hasta allí. Ese sueño me acompañó toda mi infancia y hasta hoy sigue vivo en mí.

A este sueño lo he llamado "El árbol en la cima del pedregal". ¿Qué te parece?

Un último detalle: mi gallito Coki murió ayer. Me siento triste, porque vivió ocho años con nosotros. Llegó sin avisar, siendo aún un pollito. Ahora que se fue ha dejado un vacío enorme en casa. Solo quedan los recuerdos. Lo voy a extrañar mucho.

Gracias por leerme y perdón por extenderme tanto, pero lo necesitaba.

Como suelo despedirme en mis oraciones, cuando ya se me cierran los ojos de sueño y olvido que tú eres Dios, el que nos bendice: ¡Qué Dios te bendiga!