Han pasado varios días desde que te escribí. Quise enviarte una carta y ponerte al día de los últimos acontecimientos, pero me resulta imposible escribir cuando no estoy inspirada. Suena irónico, porque quiero dedicarme a la escritura, pero la verdad es que no siempre estoy de ánimo. Estos días he atravesado circunstancias difíciles —Tú las conoces sin necesidad de mencionarlas—, que me impiden hacer lo que quiero, y termino haciendo lo que no quiero. Me siento detenida. Aún así, he estado escribiendo para las tareas del Seminario. No es lo mismo, pero me mantiene activa y me permite seguir ejercitando mi escritura.
¿Sabes? Me siento mentalmente agotada. Esa sensación de aburrimiento mezclado con tristeza y desánimo es lo que no me deja avanzar. Por más que intento buscarle solución a mis problemas, término enredándome más en ellos. A veces solo quisiera apagar la luz, quedarme en silencio y dejarme descansar. Pero mi mente no funciona así. Siempre está buscando una explicación para TODO lo que pasa a mi alrededor. ¡Qué difícil es dejar de pensar! Así se me van los días, sin encontrarle sentido a la vida.
A pesar del caos en mi mente, he estado leyendo. No como quisiera, porque soy un poco desordenada. Empiezo un buen libro y luego aparece otro que me atrae, y abandono el primero para irme con el segundo. Después retomo el primero y dejo pendiente el segundo. Y así me estoy. Lo sé, soy un desastre. Probablemente he fracasado como lectora. Pero no me importa, porque lo que quiero es seguir leyendo y escribiendo. No necesariamente para obtener una remuneración, sino por amor al arte de escribir.
Sé que mis cartas son aburridas. Y la realidad es que yo también lo soy. Me siento abrumada por no tener una vida interesante, una que encaje mejor con este género literario. Así como esto, quisiera muchas otras cosas, pero no las tengo; y lo único que me queda es aceptar quién soy y dejar de lamentarme por lo que no tengo. Pero estoy agradecida. Paradójicamente, me gusta la vida que me ha tocado vivir. El país en el que me ha tocado vivir. La familia con quien me ha tocado vivir. ¡NO LA CAMBIARÍA POR NADA!
Por cierto, ya empezaron las fiestas cívicas en mi país. Celebrar la independencia me trae mucha alegría, porque me recuerda mis orígenes y la historia de los padres de la independencia, quienes lucharon un día encendidos en patrio ardimiento y lograron, sin choque sangriento, colocar a nuestra bella Guatemala en un trono de amor. Y todo esto fue posible por Ti, que permitiste que habitáramos en una tierra libre, a la que has bendecido y prosperado.
Mi corazón palpita al escuchar la marimba en cada esquina, el grito de los niños y niñas cantando con alegría a la tierra que nos vio crecer. Mi espíritu se exalta al ver las antorchas encendidas —fuego patrio—, y al recordar el recorrido de los jinetes que llevaron la noticia de la independencia en 1821. El país de la eterna primavera, tierra del quetzal y del pepián —por cierto, es mi platillo favorito—. Lo siento si me puse sentimental, pero no lo puedo evitar. Amo mi país. ¡VIVA GUATEMALA!
Ya ni sé lo que estoy diciendo. Me siento cansada. Casi se me cierran los ojos del sueño. Solo quería agradecerte por leer mis cartas.
(Posdata: Hoy solo quiero disfrutar de Luna de Xelajú, una pieza clave del folclore nacional).

0 Comentarios