Carta 9 - El asombro ante la gracia soberana

12 de octubre del 2026

Si persevero en la maldad de mi iniquidad, siendo indiferente a la voz del Espíritu y satisfaciendo los deseos de la carne, ¿no deberías alejarte de mí, porque mi pecado me aparta de Ti? Pero Tus cuerdas de amor me atraen hacia Ti, impidiendo hacer mi morada lejos de Ti.

¿Qué Dios eres? Aún en Tu santidad te acercas al inmundo, le preparas un banquete y estando en su miseria comes con él, le prestas Tu abrigo y lo coronas con Tu justicia. 

Y si siendo transgresores de Tu ley, y habiendo recibido las abundantes riquezas de Tu gracia, ¿cómo nos atrevemos a llamarte injusto por abandonar en el infierno las almas que ciertamente rechazaron Tu mano de misericordia la única que las podía librar del castigo eterno? ¿Acaso los sufrimientos de Cristo no son suficientes para mostrar el amor con el que nos has amado?

Aún en la injuria de nuestro corazón, Tu gracia nos alcanza, y al que la recibe sus pecados le son perdonados; y si perdonados, también justificados sobre la base de la justicia de Cristo. ¿No deberíamos derramar nuestro corazón en eterna gratitud delante de Ti, por la obra salvadora de Cristo a nuestro favor?

No consigo entender la grandeza de Tu ser. Siendo digna de condenación, por las miserias de mi propio corazón, Tu gracia sobreabunda en mi pecado y Tu Espíritu me redarguye en mi maldad. Entonces, ¿qué diré? ¿Seguiré pecando, para que Tu gracia abunde? ¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?

Aún no hemos alcanzado una justicia perfecta, pero eso no debe conducirnos al pecado. Nuestro antiguo yo fue crucificado juntamente con Cristo, y en Su muerte el poder del pecado fue destruido. Ciertamente, porque Cristo ya venció al pecado por nosotros, en Él, nosotros también podemos vencerlo.

Así paso los días meditando en Tu verdad y reconociendo que en mi maldad no te he honrado como Dios. No he vivido conforme a Tu voluntad, sino conforme a mi perversidad. El pecado me corroe y yo lo persigo como ave de rapiña. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Te doy gracias porque Jesucristo lo ha hecho posible.

Entonces, ¿te seguiré pidiendo que muestres misericordia a mi favor o recibiré con manos abiertas la gracia que ya me has concedido en Cristo?