Había una iglesia que estaba dividida en dos grupos: legalistas y liberales. El primero, en su intento por defender el culto tradicional, rechazaba cualquier cambio dentro de la iglesia e imponía sus propias normas como doctrina. Mientras que el segundo tenía una fuerte inclinación por el evangelio de la prosperidad, y justificaba todo con tal de atraer más gente a la iglesia.
Durante las reuniones, cada grupo solía defender su propia postura usando la Biblia como argumento. Pero en el fondo solo buscaban poder, control y no cedían por orgullo. Y los que solo querían adorar terminaron eligiendo un grupo por miedo al rechazo. Ambos grupos habían perdido el corazón del evangelio: Jesucristo.
A lo largo de la historia de la Iglesia, las divisiones siempre han existido. El apóstol Pablo le dijo a la iglesia de Corinto: «Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados» (1 Co. 11:19). Las divisiones nos permiten separar la verdad del error
Dios permitió que se levantaran concilios, como el de Nicea o Calcedonia, con el propósito de defender la verdad bíblica frente a las falsas doctrinas y preservar la unidad de la Iglesia. Siglos después, la Reforma surgió con ese mismo deseo: volver a la Escritura y poner a Cristo de nuevo en el centro.
Las divisiones nos permiten separar la verdad del error.
Pero no debemos confundir la sana doctrina con la rigidez, la imposición y normas estrictas, esto no es lo que enseña la Palabra de Dios. En 2 Timoteo 1:13-14, Pablo instruyó a Timoteo, su "hijo amado", acerca de la importancia de la sana doctrina: «Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús. Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros». El apóstol nos muestra que la doctrina es vital para que el cristiano y la iglesia se mantengan sanos en la fe. Pero ¿qué es la sana doctrina? El teólogo Scott Swain la define así: «La doctrina es la enseñanza de parte de Dios y acerca de Dios que nos lleva a la gloria de Dios». Podemos decir que la sana doctrina es la enseñanza que viene del Padre, nos es revelada en el Hijo y nos ha sido entregada por el Espíritu Santo a través de las Escrituras. Por lo tanto, si alguien afirma predicar la sana doctrina y su enseñanza no se adhiere a la Palabra de Dios, sino que impone mandamientos de hombre, tal enseñanza se ha desviado.
La sana doctrina es todo lo contrario a la iglesia que mencioné al principio. Esos dos grupos eran orgullosos, querían imponer sus propias enseñanzas y mandamientos, no se preocupaban por el bienestar espiritual de la iglesia ni quisieron reconciliarse unos con otros. En cambio, la sana doctrina produce humildad, restauración y unidad, como Pablo señaló, se retiene en la fe y el amor centrado en Cristo Jesús.
Este es un llamado para todos los creyentes. No importa si eres pastor, líder de alabanza, maestro de escuela dominical o si no tienes ningún cargo en tu iglesia. Es importante que te preguntes si lo que estás defendiendo realmente corresponde a la Palabra de Dios, o si simplemente estás defendiendo aquello que quieres que Cristo respalde. Yo crecí viendo esto. Y ahora, años después, me doy cuenta de lo importante que es nutrirnos de la Palabra de Dios, para discernir entre la sana doctrina y la doctrina de hombres. Hay cristianos que confunden esto, y por eso terminan decepcionados y se van de la iglesia (yo fui una de ellos).
Pero hay otra distinción importante: no toda doctrina que genere desacuerdo es falsa. Por ejemplo, la confrontación que Pablo le hizo a Pedro en Antioquia fue necesaria. Antes de que llegaran los judíos, Pedro comía con los gentiles; pero al llegar ellos, se apartaba por temor a los de la circuncisión. Su hipocresía era evidente. Por eso Pablo se vio en la obligación de defender públicamente la doctrina de la justificación por la fe, porque la pureza del evangelio de la gracia se estaba diluyendo. Esto mismo sucede en nuestras iglesias cuando se discute por la vigencia del diezmo, los dones espirituales y las doctrinas de la gracia, por mencionar algunos ejemplos. Estas diferencias docrtrinales siempre han existido y seguirán existiendo hasta que la Iglesia sea levantada. Lo correcto es orar y pedir al Señor un corazón piadoso, para que no se conviertan en divisiones que nos enfrenten unos contra otros.
La sana doctrina es la base de la vida santa. Nuestra mente y corazón deben transformar la manera en que nos relacionamos. Las diferentes opiniones son como habitaciones en una casa, pero el pasillo central es lo que nos une a todos.¿qué ocurre cuando dos grupos aseguran representar a Dios, pero sus frutos contradicen lo que dicen defender? Puede alguien defender cosas aparentemente correctas y, al mismo tiempo, hacerlo de una manera que contradiga el carácter de Dios? ¿con quién está Dios? Dios no se define por el bando que grita más fuerte, por quién conserva mejor las formas tradicionales, ni por quién parece más moderno. La cuestión es si lo que defendemos realmente corresponde a la Palabra de Dios y al carácter de Cristo ¿Cómo discernimos dónde está Dios cuando todos dicen hablar en su nombre? Y la respuesta probablemente no debería ser «Dios estaba con este grupo y no con aquel», sino llevar al lector hacia Cristo, el evangelio y el fruto que produce una verdadera relación con Él. Estoy defendiendo la verdad o simplemente mi interpretación de la verdad? Busco la gloria de Dios o mi propia gloria?
¿Lo que defiendo edifica a la iglesia?
¿Produce humildad?
¿Me enseña a amar a mis hermanos?
¿Me hace más semejante a Cristo?
¿O produce orgullo, rivalidad, desprecio y división?
¿Lo que defiendo me hace parecerme más a Cristo?
Porque alguien puede conocer muchísimo sobre doctrina y, sin embargo, ser orgulloso, arrogante, cruel y divisivo.
El problema, entonces, no es escoger entre verdad y amor, sino comprender que la verdad bíblica nunca debería separarse del carácter de Cristo.
¿Estoy realmente defendiendo a Cristo, o simplemente estoy defendiendo aquello que me hace sentir que tengo la razón?»
Ambos peleaban por "tener la razón". Y ninguno estaba defendiendo a Cristo.
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