Descansando en la gracia

Me siento profundamente conmovida al contemplar la belleza del evangelio de Jesucristo, uno muy distinto del que abracé gran parte de mi vida. Un evangelio centrado en las obras, donde se exigía perfeccionismo humano para alcanzar la salvación. Sin embargo, la Escritura declara que nuestras obras son como trapos de inmundicia (Is 64:6), y debido a nuestra naturaleza caída, nos es imposible cumplir con las demandas de Dios.

En el evangelio de la gracia, es Dios quien, conforme a su soberana voluntad, envía a su Hijo amado para morir por nuestra causa y resucitar al tercer día, a fin de concedernos vida eterna (Jn 3:16). Pero Jesucristo no solo vino a morir, sino también a vivir la vida que nosotros no podíamos vivir. Vivió en perfecta obediencia a la ley moral de Dios y cumplió plenamente su justicia.

Cristo ofreció el sacrificio perfecto para nuestra salvación (Heb. 9:11-13). En cada acto y en cada palabra satisfizo las demandas divinas; por ello, es la única ofrenda agradable que Dios acepta (Ef. 5:2), pues no se halló pecado en Él. Por medio de Cristo somos salvos. Y la maravillosa verdad es que esta salvación no es solo una esperanza futura, sino una realidad presente, en la que Dios obra con poder y gloria en nosotros, conforme a su propósito eterno.

Este es el pasaje bíblico que me permitió entender el evangelio y alabar a Dios por su amor y gracia abundantes:

“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Romanos 5:1-2

Hoy descanso en la profunda paz que Jesucristo concede a quienes se acercan a Él por la fe, y camino en comunión con el Padre únicamente por gracia. Y la buena noticia es que este evangelio precioso también está disponible para ti, no por obras, sino mediante la fe en Cristo (Ef. 2:8-9). ¡Glorificado sea Dios!