En el evangelio de la gracia, es Dios quien, conforme a su soberana voluntad, envía a su Hijo amado para morir por nuestra causa y resucitar al tercer día, a fin de concedernos vida eterna (Jn 3:16). Pero Jesucristo no solo vino a morir, sino también a vivir la vida que nosotros no podíamos vivir. Vivió en perfecta obediencia a la ley moral de Dios y cumplió plenamente su justicia.
Cristo ofreció el sacrificio perfecto para nuestra salvación (Heb. 9:11-13). En cada acto y en cada palabra satisfizo las demandas divinas; por ello, es la única ofrenda agradable que Dios acepta (Ef. 5:2), pues no se halló pecado en Él. Por medio de Cristo somos salvos. Y la maravillosa verdad es que esta salvación no es solo una esperanza futura, sino una realidad presente, en la que Dios obra con poder y gloria en nosotros, conforme a su propósito eterno.
Este es el pasaje bíblico que me permitió entender el evangelio y alabar a Dios por su amor y gracia abundantes:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”. Romanos 5:1-2
Hoy descanso en la profunda paz que Jesucristo concede a quienes se acercan a Él por la fe, y camino en comunión con el Padre únicamente por gracia. Y la buena noticia es que este evangelio precioso también está disponible para ti, no por obras, sino mediante la fe en Cristo (Ef. 2:8-9). ¡Glorificado sea Dios!
